POR QUE ERES TU MI ROMEO?
ESCENA II
Jardín de Capuleto
JULIETA.- ¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no reniegas
del nombre de tu padre y de tu madre? Y si no tienes valor para tanto, ámame,
y no me tendré por Capuleto.
ROMEO.- ¿Qué hago, seguirla oyendo o hablar?
JULIETA.- No eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas. ¿Y
qué quiere decir Montesco? No es pie ni mano ni brazo, ni semblante ni pedazo
alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre? La rosa no
dejaría de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo. De
igual suerte, mi querido Romeo, aunque tuviese otro nombre, conservaría todas
las buenas cualidades de su alma, que no le vienen por herencia. Deja tu
nombre, Romeo, y en cambio de tu nombre que no es cosa alguna sustancial,
toma toda mi alma.
ROMEO.- Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he
bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.
JULIETA.- ¿Y quién eres tú que, en medio de las sombras de la noche, vienes
a sorprender mis secretos?
ROMEO.- No sé de cierto mi nombre, porque tú aborreces ese nombre, amada
mía, y si yo pudiera, lo arrancaría de mi pecho.
JULIETA.- Pocas palabras son las que aún he oído de esa boca, y sin embargo
te reconozco. ¿No eres Romeo? ¿No eres de la familia de los Montescos?
ROMEO.- No seré ni una cosa ni otra, ángel mío, si cualquiera de las dos te
enfada.
JULIETA.- ¿Cómo has llegado hasta aquí, y para qué? Las paredes de esta
puerta son altas y difíciles de escalar, y aquí podrías tropezar con la muerte,
siendo quien eres, si alguno de mis parientes te hallase.
ROMEO.- Las paredes salté con las alas que me dio el amor, ante quien no
resisten aun los muros de roca. Ni siquiera a tus parientes temo.
JULIETA.- Si te encuentran, te matarán.

ROMEO.- Más homicidas son tus ojos, diosa mia, que las espadas de veinte
parientes tuyos. Mírame sin enojos, y mi cuerpo se hará invulnerable.
JULIETA.- Yo daría un mundo porque no te descubrieran.
ROMEO.- De ellos me defiende el velo tenebroso de la noche. Más quiero
morir a sus ma nos, amándome tú, que esquivarlos y salvarme de ellos, cuando
me falte tu amor.
JULIETA.- ¿Y quien te guió aquí?
ROMEO.- El amor que me dijo dónde vivías. De él me aconsejé, él guió mis
ojos que yo le había entregado. Sin ser nauchero, te juro que navegaría hasta la
playa más remota de los mares por conquistar joya tan preciada.
JULIETA.- Si el manto de la noche no me cubriera, el rubor de virgen subiría a
mis mejillas, recordando las palabras que esta noche me has oído. En vano
quisiera corregirlas o desme ntirlas... ¡Resistencias vanas! ¿Me amas? Sé que
me dirás que sí, y que yo lo creeré. Y sin embargo, podrías faltar a tu
juramento, porque dicen que Jove se ríe de los perjuros de los amantes. Si me
amas de veras, Romeo, dilo con sinceridad, y si me tienes por fácil y rendida al
primer ruego, dímelo también, para que me ponga esquiva y ceñuda, y así
tengas que rogarme. Mucho te quiero, Montesco, mucho, y no me tengas por
liviana, antes he de ser más firme y constante que aquellas que parecen
desdeñosas porque son astutas. Te confesaré que más disimulo hubiera
guardado contigo, si no me hubieses oído aquellas palabras que, sin pensarlo
yo, te revelaron todo el ardor de mi corazón. Perdóname, y no juzgues ligereza
este rendirme tan pronto. La soledad de la no che lo ha hecho.
ROMEO.- Júrote, amada mía, por los rayos de la luna que platean la copa de
estos árboles...
JULIETA.- No jures por la luna, que en su rápido movimiento cambia de
aspecto cada mes. No vayas a imitar su inconstancia.
ROMEO.- ¿Pues por quién juraré?
JULIETA.- No hagas ningún juramento. Si acaso, jura por ti mismo, por tu
persona que es el dios que adoro y en quien he de creer.
ROMEO.- ¡Ojalá que el fuego de mi amor...!
JULIETA.- No jures. Aunque me llene de alegría el verte, no quiero esta noche
oír tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son como el
rayo que se extingue, apenas aparece. Aléjate ahora: quizá cuando vuelvas haya
llegado a abrirse, animado por las brisas del estío, el capullo de esta flor.
Adiós, ¡y ojalá aliente tu pecho en tan dulce calma como el mío!
ROMEO.- ¿Y no me das más consuelo que ése?
JULIETA.- ¿Y qué otro puedo darte esta noche?
ROMEO.- Tu fe por la mía.
JULIETA.- Antes te la di que tú acertaras a pedírmela. Lo que siento es no
poder dártela otra vez.
ROMEO.- ¿Pues qué? ¿Otra vez quisieras quitármela?
JULIETA.- Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que
tengo ya. Pero mi afán de dártelo todo es tan profundo y tan sin límite como los
abismos de la mar. ¡ Cuanto más te doy, más quisiera darte!... Pero oigo ruido
dentro. ¡Adiós! no engañes mi esperanza. . . Ama, allá voy. . . Guárdame
fidelidad, Montesco mío. Espera un instante, que vuelvo en seguida.
ROMEO.- ¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase
todo esto de un delicioso sueño.
JULIETA.- (Asomada otra vez a la ventana.) Sólo te diré dos palabras. Si el fin
de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te
enviaré, de cómo y cuándo quieres celebrar la sagrada ceremonia. Yo te
sacrificaré mi vida e iré en pos de ti por el mundo.
AMA.- (Llamando dentro.) ¡Julieta!
JULIETA.- Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplícote que...
AMA.- ¡Julieta!
JULIETA.- Ya corro... Suplícote que desistas de tu empeño, y me dejes a solas
con mi dolor. Mañana irá el mensajero...
ROMEO.- Por la gloria...
JULIETA.- Buenas noches.
ROMEO.- No. ¿Cómo han de ser buenas sin tus rayos? El amor va en busca del
amor como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor
como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio.
JULIETA.- (Otra vez a la ventana.) ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la
voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones! Si yo pudiera
hablar a gritos, penetraría mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a
ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.
ROMEO.- ¡Cuán grato suena el acento de mi amada en la apacible noche,
protectora de los amantes! Más dulce es que música en oído atento.
JULIETA.- ¡Romeo!
ROMEO.- ¡Alma mía!
JULIETA.- ¿A qué hora irá mi criado mañana?
ROMEO.- A las nueve.
JULIETA.- No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que ésa llegue. No sé
para qué te he llamado.
ROMEO.- ¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!
JULIETA.- Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que
pensaba, recordando tu dulce compañía.
ROMEO.- Para que siga tu olvido no he de irme.
JULIETA.- Ya es de día. Vete... Pero no quisiera que te alejaras más que el
breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene sujeto de una
cuerda de seda, y que a veces le suelta de la mano, y luego le coge ansiosa, y le
vuelve a soltar...
ROMEO .- ¡ Ojalá fuera yo ese pajarillo!
JULIETA.- ¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? aunque recelo que mis
caricias habían de matarte. ¡Adiós, adiós! Triste es la ausencia y tan dulce la
despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.
ROMEO.- ¡Que el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma!
¡Ojalá fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza!










Romeo dijo
Deje algo que sé que te gustará
Besos
26 Abril 2010 | 10:10 AM